El duelo ¿cuándo pedir ayuda? - Psicologo Córdoba Luis Alonso Echagüe 23/08/2013

“Trata todo lo que tengas como si fuera una porcelana preciosa porque algún día desaparecerá” DIANA BRADLEY.
Un chico se siente traicionado y se disgusta cuando su novia le deja por otro, una madre lamenta la pérdida de su hijo no nacido después de un aborto espontáneo, una familia ve como la evitan y la estigmatizan tras el suicidio de uno de sus miembros.. El dolor que provoca este tipo de pérdidas, puede verse agravado por la incomprensión, el sentimiento de culpa o la simple falta de atención de las personas pertenecientes al entorno social de los afectados, haciendo aún mayor la carga de angustia, secretismo o culpabilidad de aquellos cuyo dolor no se permite, se trivializa o no se reconoce.
Para entender la experiencia de la pérdida, suele ser útil reconocer su omnipresencia en la vida humana. En cierto modo, perdemos algo con cada paso que avanzamos en el viaje de la vida, cosas que van desde las más concretas, como las personas, lugares u objetos, hasta las más inmateriales, pero no por ello menos significativas, como la juventud o los sueños e ideales que se desvanecen cuando nos enfrentamos a las duras realidades de la vida. Ni siquiera las transiciones más positivas están libres de la experiencia de la pérdida, ya que cada ascenso en nuestro trabajo comporta la aparición de cierta tensión con las amistades que habíamos establecido, el nacimiento de un hijo priva a sus padres de una serie de libertades que habían dado por supuestas, la admisión de un hijo en la universidad que ha escogido enfrenta a sus padres a la soledad de un “hogar vacío” y la disolución deseada de una relación sin amor hace necesarios complejos ajustes en la vida social. Y lo que es aún más revelador, aunque raramente nos paremos a pensarlo, la vida nos obliga a renunciar a todas las relaciones que apreciamos, ya sea a raíz de separaciones, cambios de domicilio o de las muertes de otras personas o de nosotros mismos. Cada una de estas pérdidas inevitables va acompañada de su propio dolor y nos afecta de una manera particular. Todo cambio implica una pérdida, del mismo modo que cualquier pérdida es imposible sin el cambio.
Gran parte de lo que sabemos sobre la respuesta humana ante la pérdida proviene de investigaciones realizadas sobre adultos que han perdido a un ser querido a través de la muerte. En estos casos de pérdida profunda e irremediable, los afectados parecen compartir ciertas reacciones, sentimientos y procesos de curación, aunque también hay una variabilidad importante que depende de cada persona, de su forma de afrontar la adversidad y de la naturaleza de la relación que mantenía con la persona desaparecida. Por ese motivo, el hecho de hablar de “etapas” de los procesos de duelo puede inducir a error, ya que da a entender que todos los afectados siguen el mismo itinerario en el viaje que lleva de la separación dolorosa a la recuperación personal.
En los momentos que siguen a la toma de conciencia de la pérdida, solemos experimentar una desorganización extrema que abarca todos los niveles; sentimientos ( angustia, pánico ), pensamientos ( incredulidad, dificultades de concentración ) y conducta ( agitación, dificultades para dormir ). Sin embargo, protegidos por la conmoción y el aturdimiento, al menos aparentemente, solemos recomponernos en los días siguientes. Durante esos primeros días de duelo, también nos mantiene a flote el intenso apoyo social que suele acompañar a la conciencia comunitaria de la pérdida antes, durante y poco después de la ceremonia funeraria. Lamentablemente , esta aparente “recuperación” suele ser fugaz, ya que en las semanas que siguen a la pérdida solemos emprender una larga y desigual caída hacia una mayor desorientación y tristeza, que no “toca fondo” hasta unos meses después. Si no disponemos de un círculo de confidentes comprensivos con los que poder elaborar esta experiencia turbadora, la intensa desesperación de esta fase puede cobrar un carácter circular, interpretándose cada arrebato emocional incontrolado o cada obligación olvidada como una evidencia más de que hay algo que no funciona en nosotros o en nuestra forma de asumir la pérdida.
ES EN ESTE MOMENTO CUANDO MUCHAS PERSONAS ACUDEN A PEDIR AYUDA A UN PROFESIONAL, dada la diferencia cada vez mayor entre lo que los demás esperan de ellas y lo que ellas se sienten capaces de dar por sí mismas.
¿Cómo puede saber cuándo debe buscar ayuda, más allá de su círculo habitual de amigos y familiares, para asimilar su propia experiencia de pérdida? Una posible respuesta es que puede comprobar si se ha quedado “bloqueado” en su duelo; si ha sido incapaz de sentir nada durante meses por la pérdida de su ser querido o, si se siente atrapado en un sufrimiento intenso e implacable, que puede llegar a ponerle en peligro a usted mismo o a las personas que tiene bajo su responsabilidad. Aunque no es extraño que un individuo que ha sufrido una pérdida desee la muerte, ya sea para aliviar el insoportable dolor que siente o para unirse a la persona desaparecida en un mundo mejor, los pensamientos o los planes elaborados de suicidio hacen necesario consultar a un profesional. Usted mismo, a un nivel menos grave, es quien mejor puede saber si el hecho de pedir ayuda a un profesional de la salud mental puede ayudarle a avanzar en su propio duelo y a alcanzar progresivamente la reorganización. Aunque todos debemos intentar encontrar sentido a nuestras pérdidas y a las vidas que llevamos después de sufrirlas, no hay ningún motivo para que tengamos que hacerlo de manera heroica, sin el apoyo, los consejos y las ayudas concretas de los demás.

¿CUANDO DEBERIA BUSCAR AYUDA?

-Intensos sentimientos de culpa, provocados pos cosas diferentes que hizo o dejó de hacer en el momento de la pérdida.

-Pensamientos de suicidio.

-Desesperación extrema: sensación de que por mucho que lo intente nunca va a poder recuperar una vida que merezca la pena vivir.

-Inquietud o tristeza prolongada.

-Síntomas físicos como pérdida sustancial de peso, sensación de cuchillo clavado en el pecho.

-Ira incontrolada.

-Dificultades continuadas de funcionamiento que se ponen de manifiesto en su incapacidad para conservar su trabajo o realizar las tareas domésticas necesarias para la vida cotidiana.

( Del libro Aprender de la pérdida. Robert A. Neimeyer )
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